Ahora me ves...

Ahora me ves…

Ahora me ves

Una de las cosas que más me gustan de la ciencia es cuando tenemos una teoría que es la cosa más bonita y maravillosa de la vida y va y un día, investigando, se descubre que esa teoría está equivocada o es incompleta, y que la verdad es como cien veces más fantástica de lo que podías imaginar.

Algo así pasa con los camaleones y su habilidad para cambiar de color. Y no te estoy hablando de algo que descubrimos hace siglos, no: esto se hizo el año pasado. Bueno, más o menos, el artículo original se recibió en 2014, pero salió en 2015, pero para tener un artículo hay que hacer antes una invest… Mira, vayamos paso a paso, ¿de acuerdo?

La mayoría los camaleones tienen la habilidad de cambiar de color. Esos cambios de color reflejan el estado de ánimo del camaleón, así como sus intenciones frente a otros camaleones. Por ejemplo, cuando se enfadan o intentan intimidar a alguien, se ponen de un color más oscuro, mientras que, qué sé yo, un macho intentando cortejar a una hembra se pondrá mucho más colorido y llamativo para llamar la atención. Contrariamente a lo que creíamos, pocas especies lo usan para camuflarse, pero mira, las hay que sí cambian de color para confundirse con el entorno, y hasta las hay que cambian de color para ayudar a regular su temperatura: se oscurecen para absorber el máximo calor posible y palidecen para reflejarla. Vamos, que el cambio de color de los camaleones tiene una infinidad de usos diferentes.

Hasta ahí todo bien. Eso sí, antes de ponernos con el porqué del cambio de color, tenemos que ver por qué los camaleones tienen color ya de buenas a primeras. Para explicar eso, tenemos dos mecanismos diferentes que se complementan: el color pigmentario y color estructural.

El color pigmentario viene dado por unas células que hay en la piel de los camaleones, llamadas cromatóforos. Esas células están llenas de pigmentos, que son compuestos que dan color por absorción de luz. ¿Qué quiere decir eso? Pues, por ejemplo, que si tenemos un pigmento azul, no es azul así porque sí, sino que lo es porque absorbe la luz de todos los demás colores, y entonces lo que nos llega a nosotros son las sobras: en este caso, el azul. Los camaleones, en su piel, tienen cromatóforos cargados con pigmentos rojos, amarillos, y hasta melanina, que es un pigmento oscuro que es la que determina cómo de morena tienes la piel, tu pelo… Bueno, no nos vayamos por las ramas. Resumiendo: el color pigmentario viene dado por (¡sorpresa!) pigmentos en la piel.

Por otro lado, tenemos el color estructural, que es mucho más interesante. La idea es que por debajo de la piel y los cromatóforos, los camaleones tienen unas estructuras de cristales minúsculos separados entre sí organizados muy regularmente. No voy a entrar en los detalles, pero estas estructuras (que llamamos iridóforos) lo que hacen es reflejar muy muy bien la luz de una longitud de onda (dicho de otro modo, de un color) determinada, y dejar pasar las demás. Por ejemplo, las mariposas morfo azul (Morpho menelaus, como la que ves en la foto) tienen las alas azules debido a estructuras parecidas a las que tienen los camaleones, donde los elementos están repartidos de forma que sólo se ve reflejada la luz azul. La distancia de separación entre cristal y cristal influirá en qué longitud de onda (o color) tendrá la luz que salga reflejada de ahí. A mayor distancia, mayor longitud de onda tendrá la luz reflejada, y por tanto, más rojiza será.

El secreto del azul de la Morfo azul no está en la masa, sino en estructuras microscópicas

Muy bien, ya lo tenemos todo: color pigmentario y color estructural. Perfecto. Ahora es cuando viene la pregunta: ¿cómo cambian los camaleones de color?

Bueno, aquí creíamos tener la respuesta. Sabemos que, al igual que muchos otros animales, los camaleones se vuelven más oscuros cogiendo la melanina de sus células y esparciéndola por todas sus extensiones, y al revés: para volverse más claros, basta con concentrar la melanina en un solo lugar. Por tanto, parece lógico que para volverse más amarillos, rojos o lo que sea baste con hacer lo mismo, ¿no? Pillas pigmento amarillo, lo esparces y te vuelves más amarillo. Así es como deben hacerlo los camaleones, ¿no?

Pues, como habrás adivinado por mi insistencia, hemos descubierto que no es así. Lo que pasa en realidad, según han encontrado los científicos, es que lo que hacen es, digámoslo así, tensar y relajar esos iridóforos, modificando así la distancia que hay entre cristal y cristal. Este cambio parece que no, pero provoca una diferencia bestial en el color que terminamos observando.

De hecho, una cosa que hicieron para comprobar que esto que te estoy diciendo es verdad y que me parece muy chula fue algo muy simple: tomaron a un camaleón y aplicaron presión sobre su piel. Si todo lo dicho con anterioridad es verdad, la presión apretará los cristales entre sí, haciendo que la luz que se refleja se haga más azulada. Total, que fueron, lo hicieron y ¡pam! Ahí lo tenían: un manchurrón azul. Al rato, los cristales volvieron a su sitio.

Ahora me ves 2

¡Pero ojo, que la cosa no acaba ahí! Resulta que por debajo de esa capa principal de iridóforos que trabajan en lo que llamamos el espectro visible (es decir, las longitudes de onda que podemos percibir con el ojo) hay otra capa más de iridóforos que ya no reflejan luz de colores que podamos ver: reflejan luz infrarroja, o sea, calor: ¡pueden regular la cantidad de calor que absorben y reflejan!

Así que ya ves: empezamos con algo tan simple como esparcir y concentrar pigmentos, que nos parecía tan fácil y tan lógico, y va y resulta que es cuestión de modificar estructuras cristalinas para cambiar de color. ¡Bellezas de la Física!

Ahora ya puedes contarle todo esto a quien quieras, dedicarte a dar la chapa a quien sea sobre criaturas que cambian de color usando métodos tan sutiles, tan elegantes, tan bellos que te da un escalofrío cuando piensas en ello. Pero antes de que hagas todo eso quiero que mires ahí afuera y pienses en todo lo que creemos que sabemos, en lo que no sabemos que no sabemos, en lo que nos queda por saber que no sabemos y, sobre todo, en lo maravilloso que resulta todo cuando te paras a pensar en ello.